La simulación basada en el aprendizaje se ha consolidado como un enfoque relevante en la educación superior, especialmente en la formación de profesionales que deben afrontar situaciones complejas, tomar decisiones y actuar en contextos de incertidumbre. Su interés educativo residen en la posibilidad de crear condiciones para experimentar, ensayar alternativas y aprender de las propias actuaciones.

Su valor formativo depende de cómo se diseñan las actividades, de qué aspectos de la práctica se hacen relevantes y de cómo participan los estudiantes en ellas. El realismo, por sí solo, no garantiza mejores resultados: una situación simplificada puede favorecer el aprendizaje si permite concentrarse en las decisiones, habilidades o formas de coordinación que se pretende desarrollar.

Este planteamiento invita a considerar la simulación como una experiencia de aprendizaje situada , cuyo significado se construye mediante la interacción entre participantes, tareas y orientaciones docentes. La preparación de la actividad, la retroalimentación y la reflexión posterior son elementos fundamentales para convertir la experiencia en conocimiento y facilitar su transferencia a otros contextos.

Abordar los fundamentos conceptuales y teóricos de este enfoque implica, por tanto, examinar qué entendemos por aprender mediante la simulación, cómo se relacionan experiencia y conocimiento, y qué papel desempeña el diseño pedagógico en esa relación. Estas cuestiones ofrecen un punto de partida para analizar críticamente las posibilidades de la simulación en la educación superior.

 

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